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Latinoamérica y España: por un hermanamiento sobre un pasado presente

Imagen obtenida de El País, 1 de enero de 2013.

Se han vertido demasiadas mentiras durante excesivo tiempo. Estas han dañado lo que, hasta no hace tanto, había sido una sana relación entre unos pueblos que siempre han estado destinados a entenderse. Motivos para ello no han faltado, pues han sido muchos los que han buscado lastimar estos vínculos para satisfacer sus ambiciones particulares: los países anglosajones ofrecen buenos ejemplos de ello; siempre han procurado la separación de España y sus amigos latinoamericanos.

Se hace necesario restaurar aquello que nunca debió ser perdido. En las líneas que siguen, intentaré contribuir a sanar estas viejas heridas defendiendo el hermanamiento que nos debemos. Para ello, es indispensable purgar primero los engaños que han poblado las mentes de muchos durante todos estos años.

Se ha escrito mucho y mal sobre las relaciones de España con los territorios americanos. En general, el relato dominante reduce los contactos establecidos entre españoles e indígenas a una suerte de dominación tiránica. Sin embargo, resulta ingenuo creer que en los algo más de trescientos años de presencia española en el continente, solo pudiese reinar la opresión y el sometimiento. Algo de esto se ha encontrado en la historia, como en todas, mas debemos ser justos y honrar lo bueno que ha habido en ella, pues mucho está en juego.

La conquista española de indias: matizaciones de las cosas que allí ocurrieron

Sepan los lectores que no todo lo que han escuchado sobre la llegada de los españoles a América se ajusta a verdad. Es cierto que el trato con los indígenas allí estuvo, en sus comienzos, caracterizado por algunos excesos, mas pronto se intentó poner solución. En 1512 se publicaron las Leyes de Burgos para el buen trato de los indios. En ellas, se encuentran algunas disposiciones que regulaban los comportamientos que había de tener con ellos. Por ejemplo:

«Otrosy hordenamos y mandamos que a ninguna muger preñada despues de pasare de quatro meses no le enbien a las minas ni ha hacer montones, syno que las tengan en las estancias e se syrvan dellas en las cosas de por casa asy como faser pan e guisar de comer de despues que pariere crie su hijo fasta que sea de tres años syn que en todo este tiempo le manden yr a las minas ni faser montones ni otra cossa en que la criatura perciba perjuysyo […]»

Leyes de Burgos, 1512

Del mismo modo:

«Otrosy hordenamos y mandamos que persona ni personas algunas no sean osados de dar palo ni acote ni llamar perro ni otro nombre a ningún yndio syno el suyo o el sobre nombre que touiere […] e sy llamare perro u otro nombre que no sea suyo propio del yndio u otro sobre nonmre pague vn peso de oro la qual dicha pena se reparta de la manera suso dicha.»

Leyes de Burgos, 1512.

En la misma línea de buenas formas, se buscó unir los destinos de ambos pueblos fomentando, para tal fin, el matrimonio mixto que se hizo ley por medio de Real Cédula en 1514. Para ejemplarizar las nuevas voluntades, se acordó el matrimonio de la hija de Moctezuma II con uno de los lugartenientes de Hernán Cortés en 1526. Una suerte de enlaces hizo que los Moctezuma acabasen uniendo su legado con una de las casas nobles más importantes de la península; el marquesado de Cerralbo, que debe su nombre a la localidad homónima ubicada en la provincia de Salamanca. La unión entre pueblos se hizo, por tanto, entre aquellos de alta y baja cuna.

A pesar de la buena voluntad, algunos abusos continuaron. Pronto la corona percibió que el modelo de la encomienda causaba más mal que bien y, para reparar estos agravios, se emitieron las Leyes Nuevas en 1542, más adelantadas que las anteriores que, todo sea dicho, estaban demasiado centradas en la cuestión evangelizadora. En ellas se observan no pocos avances que merecen ser mencionados:

«Item: ordenamos y mandamos que de aquí adelante, por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate ni otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la corona de Castilla, pues lo son.»

Leyes Nuevas, 1542.

La encomienda se mantuvo solo para aquellos que habían gozado del privilegio con anterioridad; al fallecer su titular no se podrán crear otras nuevas:

«Otrosí: ordenamos y mandamos que de aquí adelante ningún visorey, gobernador, abdiencia, descubridor ni otra persona alguna, no pueda encomendar indios por nueva provisión, ni por renunciación ni donación, venta ni otra cualquiera forma, modo, ni por vacación ni herencia, sino que muriendo la persona que toviere los dichos indios, sean puestos en nuestra corona real […]»

Leyes Nuevas, 1542.

Los mandatos reales de 1542 restituyen e integran a la población india equiparándola, en deberes y obligaciones, con sus hermanos vasallos de la península. Aún hubo más avances, pues los debates entorno a la causa indígena continuaron. Famosa fue la disputa mantenida entre Bartolomé de las Casas, que tomó partido por causa de los indios, y Juan Ginés de Sepúlveda, reacio a considerar la igualdad entre los hombres, en la Junta de Valladolid de 1550. El primero había sido encomendero y, conmovido por el sufrimiento que padecían algunos indios, se tornó en férreo defensor de la causa de los americanos gracias, todo sea dicho, a las influencias de Antonio de Montesinos, que modelaron su conducta y parecer.

Debe saber el lector, que la corona no se sirvió exclusivamente del derecho para sembrar allí buenos ambientes. Para que no quedasen sus tierras yermas de ciencias y sedientos los súbditos de letras, se mandaron construir universidades: 27 fueron erigidas entre los siglos XVI y XVIII. De allí salieron algunos ilustres, como Pablo de Olavide, que llegó a ejercer de oidor en la Real Audiencia de Lima antes de pasar a servir en la península, donde modificó el Plan de Estudios de la Universidad de Sevilla y donde sirvió como superintendente para el proyecto de Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.

Algunos pensarán que, aun con todas estas gracias, el vasallo indiano vivía peor que su homólogo peninsular. Sepan, sin embargo, que el pobre es pobre allí donde faltan medios, y poco importa si vive en Chiapas, en La Plata, en Santiago de Compostela o en Oviedo: el hambre daña por igual al individuo que decide aquejar y no suele tener en consideración la patria; así de caprichosa es ella. De desarrapados estaba lleno el mundo, pero quizás reconforte saber que se repartieron con bastante equidad a ambos extremos del Atlántico. Sin embargo, no se preocupen, pues allí se fundaron, también, más de 1.000 hospitales para dar auxilio a los más perjudicados.

Clarificados algunos puntos, cavilaciones y conclusiones sobre la hermandad esperada

Aclarados ya los asuntos anteriores, debemos ahora hablar de aquello que todavía nos une. Son muchos los vínculos que mantenemos para que prosigan, todavía, las viejas discordias avivadas por terceros. La lengua castellana es hoy el mayor de nuestros tesoros, que diría Sebastián de Covarrubias. Su legado trasciende el idioma hablado y su reflejo se ha conservado en la toponimia de muchas de las ciudades más importantes de Latinoamérica.

No sé si lo sabrá el lector latino, pero hay allí hasta 400 entidades poblacionales que comparten nombre con sus homónimas españolas. Entre ellas encontramos Santiago (18), Toledo (12), Mérida (4), Trujillo (4), Valencia (4), Cádiz (5), Granada (5), Cartagena, Salamanca (5) y otras tantas más.

Por si esto no fuera suficiente, la lengua se ha seguido conservando, y aún enriqueciendo, por el trabajo de algunos hombres de letras latinoamericanos. Cortázar, Borges o Márquez son ya también nuestros, pues su amor por el castellano, que tanto han cultivado, salva distancias y destruye fronteras, haciendo cercano aquello que está lejos. De igual modo, me consta que allí se aprecia también a escritores españoles como Antonio Machado, Camilo José Cela o Miguel de Cervantes. Todos —los de allí y los de aquí— se vuelven amigos en nombre del castellano.

Por todo lo dicho, la amistad que nos debemos tiene que materializarse en el plano político. Pese a todos estos vínculos comunes, un hecho que siempre me ha inquietado es la poca implicación diplomática que existe entre los políticos latinos y españoles; ¿Se imaginan una situación similar entre Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos? Ellos mantienen sus buenas relaciones y parecen muy interesados en impedir que crezcan las nuestras.

Por tanto, considero necesario reforzar las relaciones en política exterior entre ambos pueblos, pues el sustrato cultural compartido nos inclina a ello. Sé que, como reacción a lo anterior, aparecerán algunos ceños fruncidos e, incluso, manifiesta hostilidad. Con todo, creo que en un mundo que se dirige hacia la disolución de las fronteras nacionales —con el peligro que ello entraña— un reforzamiento de nuestros vínculos puede ayudarnos a sobrevivir a las circunstancias oscuras que están por venir; serán muchas y muy perniciosas para nuestros intereses generales.

Conservo la esperanza de ver superados los miedos, las mentiras y las cobardías para que el esperado hermanamiento tenga lugar.

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