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La moralización de la política

Fuente: Unsplash, Nathan Dumlao

Me gustaría hablar hoy sobre un tema que considero relevante porque afecta al funcionamiento natural de las democracias occidentales, a la convivencia y a las interacciones sociales: la moralización de la política. No sé si ustedes se han dado cuenta de que el paso de los años ha sembrado en la sociedad española una creciente polarización ideológica. Cada vez somos más propensos a cerrarnos al contrario, al que vemos como un enemigo irreconciliable.

       Cabe decir que izquierda y derecha no son más que dos formas de organizar y entender una sociedad. Independientemente de sus aciertos y fracasos, cada una de ellas representa una actitud hacia la vida y al mundo que nos rodea. Por supuesto, ambas son cambiantes, es decir, los principios que rigen cada una de ellas varían con el tiempo, aunque preservan una serie de fundamentos rectores que evitan que su identidad se diluya.

               Este esquema ha funcionado hasta hace unos cuantos años. Es decir, optar por una postura u otra formaba parte de la elección personal de cada ciudadano, pero la cosa no iba más allá. El problema es que, en la lucha por el poder político, sectores de la izquierda se han hecho con un arma de disuasión poderosísima que les ha otorgado la hegemonía del zeitgeist actual: han logrado alinear ciertos valores morales con su postura y han condenado a sus enemigos a ser identificados con sus antónimos. De este modo, la izquierda se asocia con virtudes como la justicia, la amistad, el amor o la defensa del medioambiente mientras que la derecha se vincula con sus contrarios, de signo claramente negativo. Por supuesto, los valores mencionados preceden a la izquierda; lo que han hecho ha sido seleccionar aquellos elementos más importantes en la vida de las personas, se los han apropiado y han cocinado con ellos un discurso fácilmente digerible por medio de mensajes simples y directos. El resultado es que esas actitudes originales de comprensión del mundo ahora han devenido en la existencia de dos posturas políticas: la buena y la mala.

        He de reconocer que, como estrategia electoralista, es un auténtico triunfo. El haber ideado este esquema y haberlo introducido en la conciencia colectiva permite a la izquierda conseguir una gran cantidad de votos porque, al fin y al cabo, todos queremos obrar bien. Recuerdo que, cuando era niño, me gustaba jugar con mis amigos a emular que éramos personajes de ficción. Frecuentemente emergían roces, pues todos teníamos favoritismos por determinado héroe que, casi siempre, personificaba los más altos valores. Eso ocurría porque habíamos sido educados para preferir la bondad sobre la maldad. El cambio insertado por la izquierda opera de modo similar; permítanme recurrir a un razonamiento silogístico para ejemplarizar lo dicho:

  1. Lo bueno es deseable, por definición, a lo malo.
  2. La izquierda política representa lo bueno.
  3. Por tanto, como ciudadano, se espera que yo vote a la izquierda.

Por supuesto, este argumento solo se sostiene si asumimos que la premisa menor (2) es cierta, pero el éxito de los grupos de izquierda se encuentra, precisamente, ahí: han hecho creer a la sociedad que dicha premisa es universal.

De este supuesto se derivan no pocos problemas que afectan, en ocasiones, a simpatizantes de ambas doctrinas. En primer lugar, se fomentan políticas lesivas para el conjunto de la sociedad. Los decretos legislados y los presupuestos aprobados son siempre positivos porque parten de la voluntad sincera. Véase del siguiente modo, si la izquierda es bondadosa, sus medidas lo han de ser en igual medida, pues, ¿acaso puede surgir de la bondad, la maldad? Seguro que muchos de ustedes tienen en mente algún caso representativo: el cierre de centrales nucleares en aras de la transición energética o la no consideración de las razas peligrosas para no estigmatizar a los animales son buenos ejemplos.

En segundo lugar, se produce la deshumanización del votante de derechas. Siguiendo lo explicado hasta ahora, se ha interiorizado un discurso que califica al anterior como malvado. Para comprender esto, hemos de ser conscientes de que los hombres son percibidos socialmente, en materia moral, en términos absolutos: uno es una cosa u otra. Esto no quiere decir que un hombre bueno no pueda actuar mal, pero independientemente del grado de la maldad obrada, este sigue siendo, en esencia, bueno. Lo mismo aplica para el hombre malo; lo es bajo cualquier circunstancia, incluso cuando hace el bien, pues este no sería más que un accidente que no altera su sustancia fundamental, que es la maldad. En consecuencia, el votante de derechas no es ni persuasible ni reformable, ya que tampoco lo es su esencia, y, por tanto, el único método efectivo para ganar en la lucha democrática es su aniquilación.

Aún si la destrucción no fuese física, lo sería al menos en lo social, de lo que se deriva el tercer problema: la autocensura del seguidor derechista. El miedo a ser señalado como moralmente reprobable lleva a que sea el propio individuo el que se coarta a sí mismo, limitando la exposición de sus ideas en público por temor a perder su trabajo, sus amistades y hasta su familia. En redes sociales se ve bien este fenómeno, muchos se ocultan con perfiles falsos —yo mismo— para no ser víctimas del qué dirán y sus efectos. No podemos culparles, el futuro que ya asoma no es muy halagüeño y no están las cosas como para jugarse las lentejas. Esta censura causa que, además, algunas personas de pensamiento fundamentalmente derechista eviten definirse a sí mismas como tales para que no sean asociados con la derecha.

     Llegados a este punto, procede preguntarse cómo se ha llegado a esta situación. Ha ocurrido por dos motivos que guardan fuerte relación: el control ideológico de la izquierda a través de la universidad y la apatía de la derecha.

       No es ningún secreto que los círculos académicos escoran hacia ideologías de izquierdas; en Estados Unidos se han mostrado algunos trabajos que reafirman la idea anterior. En la universidad son especialmente fuertes en las facultades de humanidades y ciencias sociales, que llevan ocupando desde hace muchos años. Allí se han formado generaciones enteras de profesores y profesionales de diverso tipo y se han gestado los discursos ahora hegemónicos. Además, esto ha sido posible gracias a que han contado con un inestimable colaborador: la derecha política. Esta apenas ha mostrado interés por las letras y las ciencias sociales, al considerarlas poco productivas e innecesarias en un mundo eminentemente tecnológico. Ellos son más de gestionar, del dinero. Lo cierto es que la ideología no les ha importado tampoco mucho; la suya es el déjeme hacer; el hoy esto y mañana lo otro, según se tercie; aquella que tan pronto viene como pronto se va. A veces, su fuerza ideológica reside en el no tener. ¿Al final? tanto monta, monta tanto, Mariano como Casado. En fin, la nada.

               Sorprende que un grupo ideológico haya rendido plaza con tan poca lucha, precisamente siendo el principal agraviado de esta moralización política. El erial intelectual derechista en el campo de las humanidades ha sentado la base para que la izquierda haya podido construir esta conciencia social dominante. Parece que empiezan a mostrar algunos indicios de queja, pero, amigo, lo que no supiste defender como hombre…

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